1.- PUNTO DE PARTIDA
Me siento una Catequista de un grupo de Adolescentes con edades de catorce y quince años, siguiendo un proyecto para prepararse a la Confirmación; un buen día se me ocurrió plantearles el tema de la vocación, y el trato que hice con ellos era no seguir yo el rollo a cambio de que fueran ellos los que hablaran de lo que entendían por vocación, y la conclusión fue tan sencilla como esta, que eso es “cosa de curas y monjas”. Comprenderéis que me quedara una cara asustada y con los ojos como platos y entonces me propuse hacer una catequesis para adolescentes-jóvenes sobre la vocación y no se me ocurrió mejor título que : VEN Y SÍGUEME
2.- AMBIENTACIÓN – TESTIMONIO
Quiero comenzar esta catequesis con el testimonio del Padre Martín Descalzo que encontré en el Libro: “Señor, ¿qué quieres que haga?”, de la Delegación Diocesana de Pastoral Vocacional de la Diócesis de Cartagena
“LA VIDA A UNA CARTA” de José Luis Martín Descalzo
En el primer volumen de las memorias de Julián Marías leo una frase que me conmueve y que comparto hasta las últimas entrañas. Escribe después de su boda. En la cima de la felicidad, y dice: “Siempre he creído que la vida no vale la pena más que cuando se le pone en una carta, sin restricciones, sin reservas; son innumerables las personas, muy especialmente en nuestro tiempo, que no lo hacen por miedo a la vida, que no se atreven a ser felices porque temen a lo irrevocable, porque saben que si lo hacen, se exponen a la vez a ser infelices”.
Efectivamente, una de las carcomas de nuestro siglo es el miedo a lo irrevocable, esa indecisión ante las decisiones que no tienen vuelta de hoja o la tienen muy dolorosa, esa tendencia a lo provisional, a lo que nos compromete “pero no del todo”, que nos obliga “pero sólo en tanto en cuanto”, Preferimos no acabar de apostar por nada, o si no hay más remedio que hacerlo, lo rodeamos de reservas, de condicionamientos, de “ya veremos como van las cosas”.
Ocurre en todo los terrenos. Por lo pronto en la vida matrimonial. Cuando en España se discutía la ley del divorcio, yo escribí varias veces que no me preocupaba tanto el hecho de que algunas parejas se separasen como el que se difundiera una mentalidad de matrimonio provisional, de matrimonios a prueba. Hoy tengo que confesar que mis previsiones no carecían de base: en España, como en todos los países donde la ley del divorcio se introdujo, éstos no fueron muy numerosos en lo referente a la generalización que se casó con la idea de la perennidad, pero empieza a crecer, y no dejan de aumentar hoy, el que tantos jóvenes comienzan su amor diciéndose: “Y si las cosas no van bien, nos separamos y tan amigos”. Esto, dicen, es muy civilizado. Pero yo no estoy nada seguro de que ese amor con reservas sea verdadero amor.
“El miedo a lo irrevocable” llega incluso a lo religiosos y a lo más intocable que es el sacerdocio. En mis años de seminarista –y no soy tan viejo- lo del “sacerdos in aeternum”, sacerdote para la eternidad, era algo simplemente incuestionable. Es que si se nos pasaba por la cabeza dejar de ser aquello que libremente elegíamos. Sabíamos, sí, que había quienes fracasaban y derivaban hacia otros puestos, pero eso, pensábamos, no tenía que ver con cada uno de nosotros; eran, cuando más, como un accidente de circulación en el que no se piensa cuando se empieza un viaje y que en todo caso no se prevean como acción voluntaria. Por eso ·”sacerdocio ad tempus”, eso de que uno podía ordenarse sacerdote para cinco, para siete años, prestar ese servicio a la Iglesia y luego replantearse si seguir en esa misma tarea o regresar a otros cuarteles. Me parecía, en cambio a mí, que el sacerdocio o era para siempre o no era sacerdocio; que si la entrega a Cristo y a la Iglesia era una entrega de amor, no cabían ya planes quinquenales. Uno podría fracasar y equivocarse, es cierto, pero ¡cabía mayor fracaso que lanzarse a volar con las alas atadas por toda una maraña de condicionamientos!
Y lo que ahora más me preocupa del problema es que parece que este pánico a lo irrevocable se ha convertido en una de las características espirituales de la mayor parte de la juventud y de un buen porcentaje de adultos. La gente, tiene razón Marías, no es amiga de jugarse la vida a una carta en ningún terreno; prefiere embarcarse en el barco de hoy, y mañana ya pensará en que barco lo hace.
Y repito, lo más grave es que esto se está planteando como un ideal, como “lo int5eligente”, comenzando por mí mismo. Yo sé cómo es hoy el hombre que yo soy; pero no sé cómo seré mañana. Todos cambiamos de ideas, de modos de ser. ¿Por qué comprometerlo todo a una carta cuando el juego de mañana no sé como se presentará?
Y hay en este raciocinio algo de verdad: es cierto que hay muchas cosas relativas en la vida, muchas ante las que un hombre debe permanecer y en las que hasta será bueno cambiar en el futuro, cuando se vean con nueva luz. Pero, relativizando todo, ¿no será un modo de no llegar nunca a vivir?
En realidad, esas cosas permanentes son pocas: el amor que se ha elegido, la misión a la que uno se entrega, unas cuantas ideas vertebrales, y entre ellas, desde luego, para el creyente su fe.
En éstas, lo confieso, mis apuestas siempre fueron y espero que sigan siendo totales. Por esas tres o cuatro cosas yo estoy dispuesto a jugar una sola carta, precisamente porque estoy seguro de que esas cosas o son enteras o no son. Así de sencillo: o son totales o no existen. Un amor condicionado es un amor putrefacto. UN amor “a ver como funciona” es un engaño brutal entre dos. Un amor sin condiciones puede fracasar, pero un amor con condiciones no sólo es que nazca fracasado es que no llega a nacer.